Claustros conventuales

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La mayoría de los claustros cusqueños mantienen todavía el aspecto renacentista que tuvieron en la segunda mitad del siglo XVI. Están conformados por arquerías de medio punto en ladrillo que se apoyan sobre columnas de piedra. A diferencia de los conventos de Lima, cuyas arquerías de ambos pisos son asimétricas y distintas, aquí el segundo cuerpo siempre consta del doble de arcos iguales a los del primero. La gran innovación en este campo fue el claustro mercedario, construido hacia 1663, en estilo plenamente barroco y articulado por grandes pilares con columnas adosadas de rica talla.
La Merced
“La Merced es un caso único de disposición por ser exactamente contrario a la mayoría de las fachadas de los demás templos, en que la portada queda al centro de las torres. Tanto esta particularidad como las proporciones de sus elementos y la interpretación de los mismos motivos ya empleados en otras obras cusqueñas, acentúan el carácter profundamente mestizo de este edificio"
Héctor Velarde, Arquitectura peruana y otros ensayos, 1966.

Una de las congregaciones religiosas más antiguas de la ciudad es la Merced, cuya fundación data de la época de la conquista. Es sabido que la comunidad estuvo vinculada con Diego de Almagro, socio y rival de Pizarro, cuyos restos reposan aquí. Por ello cuando Almagro emprendió la expedición a Chile llevó como capellanes a dos mercedarios del Cusco, Fray Antonio de Almanza y fray Antonio de Solís.

Hacia el barroco cusqueño
La primitiva iglesia, concluida a mediados del siglo XVI, fue totalmente destruida por el terremoto de 1650 y reemplazada a partir de entonces por el templo actual. Este se levanta en la plazoleta Espinar, en un ángulo de la antigua Cusipata o plaza del Cabildo. Su portada principal, de estilo renacentista, es bastante menos conocida que la portada lateral, usada como entrada habitual por dar directamente hacia la calle. Esta obra fue edificada en el período 1651-1659. En ella intervinieron los maestros Martín de Torres y Sebastián Martínez, transformando la antigua traza renacentista en una composición tipo retablo que expresa la transición hacia el típico barroco cusqueño.

Sus retablos
El interior, compuesto por tres amplias naves, alberga un conjunto armónico de retablos barrocos que contrasta con el severo neoclasicismo de la capilla mayor. Sobresalen por su calidad los altares del crucero, ambos representativos del estilo impuesto por Martín de Torres. Al lado del evangelio se halla el de San Pedro Nolasco (1663), decorado con pinturas de Martín Loayza, entre las que cabe mencionar La conversión de San Pablo y La conversión de San Eustaquio. En el lado opuesto puede verse el retablo de la Soledad (1660), ensamblado por Pedro Galeano, que incluye algunos lienzos del pintor español Juan Calderón.

Sus mejores lienzos
La cabecera de ambas naves laterales está decorada con dos grandes lienzos del siglo XVII. Se trata del San Pedro Nolasco transportado por los ángeles al coro (1666), por Marcos de Ribera, y El martirio de San Laureano (1662), obra temprana del maestro indígena Basilio de Santa Cruz. Esta pintura muestra los retratos orantes de Laureano Polo de Alarcón y de su esposa, benefactores del convento mercedario, que debieron tener aquí su capilla de enterramiento. En la parte alta de la nave mayor corre una serie notable de lienzos en forma de luneto que narran pasajes de la vida de la Virgen. Fueron pintados por un anónimo maestro cusqueño hacia 1704. Se complementan con los grandes lunetos del coro, terminados en 1708, uno de los cuales muestra el retrato orante del P. Francisco de Salamanca. Por esos años se labró también la sillería coral, que incluye columnas salomónicas y medallones elípticos con relieves de santos.

Los cuadros de la iglesia
La riqueza artística del convento mercedario no es menor que la de su iglesia. En la anteportería, reciben al visitante dos lienzos de batallas que exaltan al protagonismo alcanzado por un sacerdote mercedario, fray Diego de Porres, en la conquista y evangelización del Alto Perú. En la portería cuelgan los retratos de dos protectores del convento, Diego de Vargas Carvajal y su mujer, Usenda de Loayza y Bazán, quien viste el escapulario de la Merced sobre su elegante traje de acuerdo con la moda bajo el reinado de Felipe III.

El claustro mayor
Es una verdadera obra maestra del barroco cusqueño. Aquí, el tratamiento de la piedra a imitación de la talla en madera, alcanza su expresión más lograda. Iniciado después del terremoto de 1650, su construcción se prolongó hasta después de 1663. Todo es de piedra, por contraste con el resto de claustros cusqueños en los que alternan la piedra y el ladrillo. Su arquería de medio punto reposa sobre anchos pilares que se reiteran en el piso superior. Lo que le confiere singularidad es la decoración almohadillada y las columnas corintias que se adosan a los pilares, recubiertas con los motivos de escamas y diamantes característicos de los retablos de Martín de Torres y su círculo. Por esta razón se atribuye el diseño del claustro a Torres, aunque algunos investigadores prefieren relacionarlo con la actividad de Diego Martínez de Oviedo, quien pertenece a la generación inmediatamente posterior.

La vida del fundador
El principal adorno de este claustro es el ciclo pictórico sobre la vida de San Pedro Nolasco, fundador de la orden, realizado en la segunda mitad del siglo XVII. Son obras anónimas, aunque algunos autores las atribuyen a Gerónimo de Málaga. En varias de las escenas, como en La muerte del santo, se ha incluido la figura del obispo Manuel de Mollinedo, sugiriendo que quizá intervino como patrono de la obra. No debe dejar de visitarse el museo mercedario, que alberga joyas litúrgicas y algunos lienzos de primera importancia, así como la celda del padre Salamanca, religioso mercedario que murió aquí con fama de santidad.Tanto el segundo claustro como las estancias aledañas del convento se encuentran actualmente en proceso de restauración integral a cargo de expertos del convenio Perú-España.

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