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Cusco en la república de las letras
De las mil y una formas que tienen las ciudades de existir, una de las más bellas es la artística, más precisamente la literaria. Difícil e incomprendida labor la de los escritores, tener que construir una ciudad sobre las ruinas de una ciudad aún no destruida.
Cusco es, antes que una ciudad-ruinas, una ciudad-santuario. Un sitio de peregrinación donde los visitantes llegan dispuestos a hacer hallazgos que, muchas veces, son interiores. Uno no va a Cusco buscando la sorpresa o el deslumbramiento, sino buscando el asombro, esa curiosidad inteligente. Ninguno de los autores escogidos para este capítulo, sean naturales de Cusco o no, puede escapar de esa fascinación y asombro por un lugar que es un pasado persistente, un continuo fabuloso en el que las edades se superponen y conviven. Actualidad e historia, conceptos usualmente antagónicos, se concilian en una ciudad que es todo historia y presente. La energía de Cusco es una energía que no proviene ni de milagros telúricos ni de extraterrestres; proviene de un cielo siempre azul, un pasado memorable, unas piedras de espectaculares dimensiones, unos vecindarios añorables, un color, un olfato, un clima, una peculiar aristocracia espiritual en su gente.
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Esplendor de las piedras
Pedro Cieza de León De: El Señorío de los Incas, 1550
“La ciudad del Cusco por ser la principal de todas donde tenían su residencia los señores, es tan grande y tan hermosa que sería digna de verse aún en España, y toda llena de palacios de señores, porque en ella no vive gente pobre, y cada señor labra en ella su casa y asimismo todos los caciques, aunque estos no habitaban en ella de continuo [...]
La más linda cosa que puede verse de edificios en aquella tierra, son estas cercas, porque son de piedras tan grandes, que nadie que las vea, no dirá que hayan sido puestas allí por manos de hombres humanos, que son tan grandes como troncos de montañas y peñascos, que las hay de altura de treinta palmos, y otros tantos de largo, y otras de veinticinco, y otras de quince, pero no hay ninguna de ellas tan pequeña que la puedan llevar tres carretas: estas no son piedras lisas, pero harto bien encajadas y trabadas unas con otras. Los españoles que las ven dicen, que ni los romanos, no son cosa tan digna de verse como esto.”
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Soberbia fortaleza
Garcilaso de la Vega De: Comentarios Reales, 1560
“La obra mayor y más soberbia, que mandaron hacer para mostrar su poder y majestad, fué la fortaleza del Cusco, cuyas grandezas son increíbles y a quien no las ha visto, y al que las ha visto y mirado con atención, le hacen imaginar, y aun creer, que son hechas por vía de encantamiento, y que las hicieron demonios y no hombres; porque la multitud de las piedras, tantas y tan grandes, como las que hay puestas en las tres cercas ( que más son peñas que piedras) causa admiración imaginar, cómo las pudieron cortar de las canteras de donde las sacaron, porque los indios no tuvieron hierro ni acero para las cortar ni labrar; pues pensar cómo las trajeron al edificio, es dar en otra dificultad no menor: porque no tuvieron bueyes, ni supieron hacer carros, ni hay carros que las puedan sufrir, ni bueyes que basten a tirarlas; llevábanlas arrastrando a fuerza de brazos con gruesas maromas; ni los caminos por do las llevaban eran llanos, sino sierras muy ásperas, con grandes cuestas por do las subían y bajaban a pura fuerza de hombres".
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