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Pintura Mural
El arte mural -uno de los medios de expresión artística más antiguos en el territorio andino- se desarrolló plenamente durante el período colonial y se mantuvo activo durante la república hasta principios de este siglo. No fue privativo de las zonas rurales, aunque se encuentran muchas más iglesias con pintura mural en las zonas alejadas del núcleo urbano. Tampoco estuvo únicamente destinado a los fines de la decoración eclesiástica o a la educación de los católicos. Se la encuentra también en las casas privadas y en el mismo centro de la ciudad del núcleo urbano. Pero, no obstante, todavía falta mucho por esclarecer y precisar al respecto.
El Cusco fue el centro de un importante movimiento artístico que abarcó toda la región del sur andino y se cohesionó en la ciudad del Cusco. Esta zona cultural no estando aún definida, sí está probado que sobrepasa definitivamente las fronteras de lo que es hoy el departamento; la geografía cultural de esta región se extendió hasta Puno, Arequipa, Apurímac, Bolivia, e incluso en las selvas de la yunga oriental.
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Orígenes y características
Aunque existe una antigua tradición pictórica regional, que podría remontarse hasta los queros incaicos o a los murales prehispánicos que recordaba el Inca Garcilaso, la
pintura de caballete sólo fue implantada en el Cusco a partir de la conquista. Los
artistas coloniales emplearon una mezcla de procedimientos técnicos que incorporaba
el antiguo temple al huevo, de apariencia opaca, y la brillante transparencia
característica del óleo renacentista. Si bien al principio se pintó con alguna frecuencia
sobre paneles de madera, el soporte más utilizado fue el lienzo. En cuanto a la pintura
mural, ésta conoció momentos de auge tanto al comienzo como al final del virreinato.
Primeros maestros cusqueños
Los maestros italianos fueron continuados por una primera generación de seguidores
locales, entre la cual figuraban artistas de la talla de Gregorio Gamarra, Francisco
Padilla y el limeño Luis de Riaño. Todos ellos debieron asumir la adaptación, lenta y
progresiva, de las formas europeas a la nueva realidad americana.
Gregorio Gamarra y Francisco Padilla
Como la mayoría de sus contemporáneos, el altoperuano Gregorio Gamarra era un
artista itinerante. Oriundo de Potosí, lo encontramos trabajando en el Cusco hacia
1607.
Tanto Gamarra como Francisco Padilla, activo en la ciudad entre 1622 y 1645,
siguen las fórmulas y el colorido de Bitti, aunque en sus obras terminan
imponiéndose el estereotipo y la ausencia de perspectiva. Esta tendencia se
evidencia en el Entierro de Cristo (1645-1646), del convento de la Merced.
Luis de Riaño
La vigencia de los modelos italianistas se prolonga en la actividad del limeño Luis
de Riaño, cuya estancia en el Cusco abarca el período 1620-1667. Por ello mismo,
Riaño logró desarrollar algunas búsquedas naturalistas. Sus Inmaculadas incluyen
figuras de niños tomadas del natural, quizá sean los propios hijos del pintor, que
establecen un neto contraste con los angelillos estereotipados.
Hacia la definición de una escuela local
Tras el devastador terremoto de 1650, la pintura cusqueña cobró fuerza y se
encaminó hacia una producción sostenida. Hubo una renovada actividad de los
talleres, cuyos miembros trabajaban febrilmente en las obras de reconstrucción.
Iglesias y conventos iban surgiendo por toda la ciudad y requerían nuevas labores
decorativas, en las que se plasmaría el triunfo definitivo de las formas barrocas.
Los maestros "españoles"
Juan Espinosa de los Monteros (act. 1638-69) fue el maestro más importante activo
a mediados de siglo. En 1655, el pintor emprende su lienzo monumental del Epílogo
de toda la orden de San Francisco, de unos diez metros de lado, que representa a
más de ochocientos franciscanos célebres en la historia.
San Francisco de Asís y
las figuras máximas aparecen de cuerpo entero en la base del cuadro, con un
tratamiento tenebrista de filiación sevillana.
Su estilo fue continuado, en cierto modo, por su hijo y discípulo José Espinosa de los
Monteros, quien realizó varias series de lienzos sobre vidas de santos fundadores.
Una de ellas es la de Santa Teresa (1682), ambientada en paisajes flamencos con
multitud de avecillas, siguiendo la modalidad iniciada por su padre.
Martín de Loayza (act. 1648-63) desarrolló un estilo tenebrista apoyado en prototipos
flamencos y españoles. Sus obras de mayor aliento se encuentran en el retablo
mercedario de San Pedro Nolasco (1663). Allí merecen mencionarse los lienzos de
La conversión de San Pablo y San Eustaquio.
Otros artistas criollos y españoles, algunos procedentes de Lima, se sumaron a la
intensa actividad pictórica cusqueña de estos años.
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