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La Escuela Cusqueña
Maestría y fama de los pintores indígenas
Hasta la década de 1680, muchos pintores nativos trabajaban como oficiales y aprendices a órdenes de los maestros españoles; pero, a medida que avanzaba el siglo, muchos de los artífices indígenas fueron alcanzando la maestría y abriendo talleres propios, hasta dejar en minoría a los maestros españoles.
En 1688 se produjo la separación definitiva entre ambos sectores, hecho que, según Mesa Gisbert, marcaría el punto de partida para la naciente escuela cusqueña.
Dos grandes maestros indígenas dominan la escena artística durante este último cuarto del siglo XVII: Diego Quispe Tito (1611-1681?) y Basilio de Santa Cruz Pomacallao (act. 1661-1700). Dotados ambos de personalidades inconfundibles, terminarían imponiendo sus estilos frente a los artistas españoles y criollos, anticipándose así al futuro desarrollo de la pintura “mestiza”.
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Diego Quispe Tito
Diego Quispe Tito procedía, al parecer, de la antigua aristocracia nativa establecida en el pueblo de San Sebastián. Por ello solía añadir a su nombre el apelativo de “inga” al firmar algunos de sus cuadros. Pero todavía permanecen en el misterio su formación y aun su trayectoria profesional, que sólo puede seguirse a través de sus pinturas fechadas.
La iglesia de San Sebastián, su probable pueblo natal, conserva la mayor parte de la producción de Quispe Tito, agrupada en cuatro grandes ciclos: Vida de San Juan Bautista, La Pasión, El Martirio de San Sebastián y los doctores de la Iglesia. En 1675, siendo ya famoso y solicitado, realizó por encargo de los franciscanos el gran lienzo de Las postrimerías, conocido como El Juicio Final.
Basilio de Santa Cruz
El maestro más favorecido por el mecenazgo de Mollinedo fue, sin duda, Basilio de Santa Cruz Pumacallao. Su carrera había empezado hacia 1661. Al año siguiente firmaba el San Laureano mártir, en el convento de la Merced, que revela a un retratista y pintor religioso de gran aliento. Posteriormente realiza en el convento franciscano una parte de la serie sobre la vida de San Francisco de Asís (1667), obra que despertó la admiración del virrey Conde de Lemos al visitar la ciudad en 1668.
A partir de 1690, Santa Cruz se hará cargo de las principales obras decorativas de la catedral por encargo de Mollinedo, lo que significa su consagración definitiva como pintor.
Antonio Sinchi Roca y Francisco Chihuantito
Contemporáneo de Santa Cruz pero bastante menos hábil, Antonio Sinchi Roca trabajó para la Catedral series de evangelistas y profetas. Sinchi Roca llegó a pintar en colaboración con Bernabé Nina, seguidor de Quispe Tito que tuvo a su cargo varios lienzos sobre la vida de San Sebastián, en la iglesia del mismo nombre.
Menos conocida es la producción de Francisco Chihuantito, otro maestro indígena de importancia. Hasta ahora su obra maestra es la Virgen de Monserrat (1693), en la parroquia de Chinchero.
Juan Zapata Inca
Entre los seguidores de Basilio de Santa Cruz cabe mencionar a Juan Zapata Inca, quien intervino en un ciclo de pinturas sobre la vida de San Francisco de Asís (1684) destinada al convento franciscano de Santiago de Chile. Zapata sigue de cerca el modelo de su similar cusqueña, dirigida por Santa Cruz.
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Cusco: exportando Arte a la América del Sur
Al comenzar el siglo XVIII, la demanda de pintura desde todos los confines del virreinato crecía aceleradamente. Cientos de lienzos cusqueños viajaban hacia el Alto Perú, Chile y el norte argentino, además de Lima y la región andina.
Para ello se instalaron grandes talleres artísticos, mayoritariamente indígenas, en tanto que los gremios formales, controlados por españoles y criollos, tendían a perder vigencia. Todo era propicio para que el pintor local, interpretando a su modo las enseñanzas recibidas de Europa, encontrase al fin un lenguaje propio, atento a las exigencias estéticas de su medio. Surgieron así las manifestaciones más características de la célebre escuela cusqueña de pintura.
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El renacimiento inca
Mención aparte merece la iconografía incaísta promovida con fuerza por la aristocracia indígena desde fines del siglo XVII hasta la derrota de Túpac Amaru II, en 1781. Durante esta etapa de consolidación social de la nobleza nativa en busca de privilegios coloniales, se dio el llamado “renacimiento inca”, manifiesto en el teatro, las artes decorativas y la pintura. Es sabido que, en 1717, el capitán Agustín de Navamuel pintó veinticuatro lienzos que representaban a los doce incas con sus ñustas.
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