Retablos
La importancia urbana del Cusco se vio tempranamente reflejada en el desarrollo que experimentó aquí el arte de la ensambladura de retablos. Hacia 1650, ya existían en la ciudad numerosos altares articulados por columnas abalaustradas y de "candelabro".

El fastuoso altar de la Compañía
La estancia en el Cusco de Bernardo Bitti y Pedro de Vargas, artistas jesuitas, significó una renovación en el arte de la ensambladura, hasta entonces dominado por maestros españoles "provincianos". En el período 1583-85, Bitti, con la estrecha colaboración del hermano Vargas, emprendió el gran altar mayor de la primera iglesia cusqueña de la Compañía, proponiéndose que fuera mejor aun que la de Lima.
Púlpitos
Hacia 1675, como hemos visto, se produjo la introducción de las columnas salomónicas en los retablos de la ciudad. Simultáneamente, este elemento arquitectónico fue incorporado a la tipología de los púlpitos cusqueños. Uno de los primeros en adoptar el orden salomónico fue el de la Merced, atribuido a Martínez de Oviedo. A este autor pertenece con seguridad el púlpito de Santa Teresa (1664), que ejerció notable influencia en el desarrollo del género.

Bajo el mecenazgo directo del obispo Mollinedo, durante el último cuarto del siglo XVII, fueron labrados los mejores ejemplares de la región, que constituyen una expresión culminante del barroco local. Obra maestra indiscutible de esta serie pertenece a la parroquia de San Blas, concluida hacia 1690.

Enmarcado por un frondoso barroquismo decorativo, desarrolla un programa iconográfico que representa el triunfo de la Iglesia Católica frente a los enemigos de la fe. El respaldo está presidido por un relieve del santo titular, y arriba, sobre la cúspide del tornavoz, se alza la figura del apóstol Santo Tomás, simbolizando la Fe.
Sillerías corales
Junto con Lima, el Cusco posee un número considerable de sillerías corales que acreditan a la escuela escultórica local. La más antigua es la de San Francisco, iniciada en 1631. Se hizo cargo de ella el arquitecto y ensamblador español Sebastián Martínez, padre de Diego Martínez de Oviedo. Tanto su estructura arquitectónica como sus logrados relieves de santos, con San Francisco de Asís presidiendo el conjunto en la silla prioral, reflejan el impacto que causó aquí la sillería catedralicia limeña, terminada poco antes.

Durante el gobierno eclesiástico del obispo Mollinedo, sería concluida la sillería de La Catedral (ca. 1675), sin duda la más notable en su género. Todos sus detalles expresan la plenitud del barroco local, incluyendo el uso de columnas salomónicas detrás de la silla episcopal, en cuyo respaldo se ve un relieve de la Asunción

El último coro cusqueño de mérito artístico es el de la Merced, concluido hacia 1710. Esta sillería tiene dos hileras de asientos: treinta y seis sitiales en la parte baja y cuarenta y dos en la alta. Expresa un barroquismo más avanzado que la obra catedralicia, como lo indican sus recargadas columnas salomónicas y los medallones elípticos con relieves de santos que coronan el conjunto.

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