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Los primeros maestros
Durante siglos, sucesivas generaciones de tallistas, imagineros y ensambladores de retablos han cimentado la fama de esta ciudad como centro escultórico de primer orden. La riqueza y abundancia de sus retablos, el realismo devoto de sus imágenes religiosas o la frondosidad ornamental de sus púlpitos y sillerías corales hablan por sí solos. Este prestigio se prolonga hasta nuestros días por obra de los grandes artesanos cusqueños, muchos de los cuales son continuadores directos de oficios transmitidos de padres a hijos en antiguos talleres familiares.
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Taitacha Temblores
Desde la fundación española se desarrolló aquí una intensa producción y demanda de imágenes religiosas para decorar las iglesias que se iban construyendo. Ya en el siglo XVI se empezaron a usar técnicas y procedimientos de origen prehispánico. Materiales como el maguey y la tela encolada, compensaron eficazmente la escasez de madera de cedro. Así fue realizada la imagen del Señor de Los Temblores, sin duda la más venerada de la ciudad. Es obra de un escultor local, probablemente indígena, pese a la persistente tradición que la considera obsequio del emperador Carlos V. La devoción hacia ella arraigó pronto, por lo que la imagen se convirtió en advocación patronal de la ciudad tras el terremoto de 1650. En esa ocasión, los clérigos de la iglesia mayor decidieron sacar el Cristo en procesión a fin de aplacar la ira divina.
Influencias montañesinas
En el primer tercio del siglo XVII, la llegada de artistas criollos y peninsulares, en su mayoría procedentes de Lima, aportó la novedad de una escultura más realista y próxima a los modelos sevillanos de Martínez Montañés.
Con la actividad de Martín de Torres, arquitecto y ensamblador de retablos, se acentuó el barroquismo dentro del género. Torres desarrolla un intenso trabajo en la ciudad a partir de 1631. Eventualmente, ejecutó también labores de tipo escultórico, como la imagen de la Santísima Trinidad para su retablo catedralicio, concluida en 1657.
El poderoso influjo montañesino, que por entonces triunfaba en Lima, se afirma con mayor decisión en piezas como las de San Jerónimo y un San Francisco de Asís, ambas en la iglesia de La Compañía.
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La era Mollinedo
Al igual que la pintura, la imaginería religiosa cobró un renovado impulso bajo la “era Mollinedo”, gracias al infatigable mecenazgo episcopal que cubre el último cuarto del siglo XVII. La conocida serie pictórica del Corpus de Santa Ana nos habla del papel protagónico que desempeñaron las imágenes sagradas dentro del fastuoso mundo ceremonial promovido por el obispo Mollinedo. Allí pueden verse las andas de las diversas advocaciones patronales cubiertas de joyas y acompañadas por cofradías de indígenas y españoles, las comunidades religiosas y miembros de la aristocracia nativa.
El maestro Tuiru Túpac
Durante este período de afirmación de los estilos escultóricos destacan los nombres de dos maestros indígenas favorecidos por encargos de importancia: Juan Tomás Tuiru Túpac y Melchor Guamán Maita. El primero era oriundo del pueblo de San Sebastián y descendía de la antigua nobleza indígena. Su presencia está documentada entre 1667 y 1700, con actividades artísticas que van desde la arquitectura y el ensamblaje de retablos hasta el dorado y la escultura. Reconocido en su época, el prestigio regional de Tuiru Túpac llegó hasta Potosí, según testimonio del cronista Arzáns.
El realismo de Guamán Maita
Melchor Guamán Maita, otro maestro indígena, caracterizó sus imágenes procesionales que todavía gozan de gran popularidad en el Cusco y su región.
Todas ellas tienen el cuerpo de maguey y tela encolada, mientras que el rostro consiste en una mascarilla de pasta con detalles “naturales” -ojos de vidrio, dientes y cabellos- sobrepuestos. Esta tendencia se advierte ya en una de sus obras más antiguas, el Santo Domingo (1698), que presidía el altar mayor del convento dominico. Otra imagen titular, la de San Francisco de Asís, fue realizada en 1712 por Guamán para la comunidad franciscana.
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